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VI

Luego dijo en voz alta: «¡Hato de hipócritas!» y buscó con la mirada a los jinetes sobre los cuales circulaban las peores historias. Vio a muchos, sospechosos de hacer trampas en el juego, para quienes sus clubes eran, en todo caso, su principal y única fuente de ingresos, por lo menos sospechosa. Otros, muy célebres, vivían únicamente, era bien sabido, de las rentas de sus esposas; otros, de nuevo, según se afirmaba, de las de sus queridas. Muchos habían pagado sus deudas, una acción honrosa, sin que nadie adivinara de dónde había salido el dinero; un misterio muy equívoco. Vio financieros cuya inmensa fortuna tenía su origen en un robo, y que eran recibidos en todas partes, incluso en las casas más nobles; luego, hombres tan respetados que la pequeña burguesía se quitaba el sombrero a su paso, pero cuyas desvergonzadas especulaciones en torno a las grandes empresas nacionales no eran un misterio para ninguno de los que conocían verdaderamente las interioridades de las cosas. Todos tenían un aire altivo, un labio orgulloso, una mirada insolente. Duroy seguía riendo, repitiendo: «Menuda caterva; un montón de granujas, de timadores».

Pero pasó un hermoso cochecito descubierto, tirado por dos ponis blancos de crines y colas flotantes, y conducido por una muchacha bonita y rubia, una célebre cortesana, que llevaba a dos servidores sentados en el pescante trasero. Duroy se detuvo con el deseo de aplaudir a este hongo del amor, que exhibía con tanta osadía en aquel lugar y a la hora reservada a los hipócritas aristocráticos el suntuoso lujo ganado entre sus sábanas. Sintió, quizá vagamente, que había algo en común entre ellos —un lazo de la naturaleza—, que eran de la misma raza, del mismo espíritu, y que su éxito se lograría mediante audacias del mismo

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