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VIII

Forestier se ahogaba, y cada vez que intentaba tomar aliento la tos parecía desgarrarle el pecho. Nada lograba calmarla ni detenerla.

Tuvieron que llevarlo en vilo desde el carruaje hasta su habitación, y Duroy, que le sostenía las piernas, sentía las sacudidas de sus pies en cada convulsión de sus pulmones.

El calor de la cama no detuvo el ataque, que duró hasta la medianoche, hora en que, por fin, los narcóticos aplacaron su espasmo mortal.

El enfermo permaneció hasta la mañana sentado en la cama, con los ojos abiertos.

Las primeras palabras que pronunció fueron para pedir al barbero, pues insistía en afeitarse todas las mañanas.

Se levantó para esta operación, pero tuvieron que ayudarlo a volver a la cama de inmediato, y su respiración se volvió tan corta, tan agitada y tan difícil que Madame Forestier, alarmada, hizo que despertaran a Duroy, quien acababa de acostarse, para rogarle que fuera a buscar al médico.

Regresó casi inmediatamente con el doctor Gavaut, quien recetó una poción calmante y dio algunos consejos; pero cuando el periodista lo acompañó hasta la puerta para pedirle su verdadera opinión, este le dijo: «Es el fin. Estará muerto mañana por la mañana. Comuníqueselo a su pobre esposa y mande a buscar a un sacerdote. Por mi parte, ya no puedo hacer nada. Quedo, sin embargo, enteramente a su disposición».

Duroy mandó llamar a Madame Forestier.

—Se está muriendo —dijo—. El médico aconseja que se le busque un sacerdote. ¿Qué te gustaría que se hiciera?

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