paseo situado a su espalda, lleno de hombres y prostitutas.
Le dijo Forestier: «Mira las butacas; pura gente de clase media con sus mujeres e hijos, buenos infelices que vienen a ver el espectáculo. En los palcos, hombres mundanos, algunos artistas, algunas muchachas, segundones de mediana valía; y detrás de nosotros, la mezcla más extraña de París.
¿Quiénes son estos hombres? Obsérvalos. Hay un poco de todo, de todas las profesiones y de todas las castas; pero predomina la canalla. Hay empleados de todo tipo: empleados de banca, funcionarios, dependientes, reporteros, chulos, oficiales de civil, petimetres de frac que han cenado fuera y se han dejado caer por aquí de camino entre la Ópera y el Théâtre des Italiens; y luego también, cómo no, toda una muchedumbre de tipos sospechosos que desafían cualquier análisis.
En cuanto a las mujeres, un solo tipo: la muchacha que cena en el café American, la chica de uno o dos luises que anda a la caza de extranjeros por cinco luises y avisa a sus clientes habituales cuando está libre. Las conocemos desde hace diez años; las vemos todas las noches, los trescientos sesenta y días del año, en los mismos sitios, a menos que estén haciendo una temporada de reposo higiénico en Saint-Lazare o en Lourcine».