mano. Esta volvió a descender suavemente sobre la rodilla de su dueña, quien dijo, con gravedad: > «Sí, estaré muy sola, pero me esforzaré por ser
Él no sabía cómo hacerle comprender que él sería feliz, muy feliz, de tenerla por esposa a su vez. Ciertamente no podía decírselo a esa hora, en ese lugar, ante aquel cadáver; sin embargo, le parecía que podría dar con una de esas frases ambiguas, decorosas y complicadas que encubren un significado oculto bajo sus palabras y que expresan todo lo que uno desea mediante su estudiada reticencia.
Pero el cadáver le incomodaba, el cadáver rígido tendido ante ellos, y que él sentía entre ambos. Desde hacía un rato, además, creía percibir en la atmósfera cargada de la habitación un olor sospechoso, un aliento fétido que exhalaba el pecho en descomposición, la primera bocanada de carroña que los muertos tendidos en su lecho arrojan a los parientes que los velan, y con la que pronto llenan el fondo de su ataúd.