Forestier, a quien Laroche-Mathieu había prometido la cruz de la Legión de Honor cuando llegara el día del triunfo. La condecoración adornaría el pecho del segundo marido de Madeleine, eso era todo. Nada cambiaba en lo fundamental.
Se veía tan claramente que nada había cambiado que los camaradas de Du Roy organizaron una broma contra él, que empezaba a ponerlo furioso. Ya no lo llamaban de otra manera que Forestier. Apenas entraba en la redacción, alguien gritaba: «Oye, Forestier».
Él fingía no oír y buscaba las cartas en sus casilleros. La voz se reanudaba en un tono más alto: «¡Eh! Forestier».
Se oían algunas risas sofocadas y, cuando Du Roy iba a entrar en el despacho del director, el compañero que había gritado lo detenía diciéndole: «Ah, te pido perdón, es contigo a quien quiero hablar. Es una estupidez, pero siempre te confundo con el pobre Charles. Es porque tus artículos se parecen infernalmente a los suyos. Todo el mundo se equivoca con ellos».
Du Roy no quiso contestar, pero por dentro estaba furioso, y una ira sombría creció en él contra el muerto. El propio padre Walter había declarado, cuando se expresó asombro ante el flagrante parecido en el estilo y la inspiración entre los editoriales del nuevo redactor político y los de su predecesor:
«Sí, es Forestier, pero un Forestier más completo, más fuerte, más varonil».
Otra vez Du Roy, al abrir por casualidad el armario donde se guardaba el juego del boliche, había encontrado todos los de su predecesor con crespón alrededor de los mangos, y el suyo propio, aquel de que se había servido cuando practicaba bajo la dirección de Saint-Potin, adornado con una cinta rosa.