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XII

Pronto, un murmullo de voces atrajo su atención. No había visto a nadie en esa parte de la iglesia. ¿De dónde venía ese susurro? Se levantó para mirar y percibió en la capilla contigua las puertas del confesionario. El faldón de un vestido que salía de una de ellas arrastraba por el pavimento. Se acercó para examinar a la mujer. La reconoció. Se estaba confesando.

Sintió una inclinación violenta a cogerla por los hombros y sacarla del confesionario.

Luego pensó: «¡Bah!; ahora le toca al cura; mañana me tocará a mí».

Y se sentó tranquilamente frente al confesionario, aguardando su momento y riendo entre dientes por la aventura. Esperó mucho tiempo.

Por fin, Madame Walter se levantó, se dio la vuelta, lo vio y se le acercó. Su expresión era fría y severa: —Señor —le dijo—, le ruego que no me acompañe, que no me siga y que no venga solo a mi casa. No será recibido. Adiós.

Y ella se alejó con porte digno. Él la dejó partir, pues uno de sus principios era no forzar nunca

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