pastel, ni una sola gota de champaña, jarabe o cerveza; ni un dulce, ni una fruta, nada. Lo habían saqueado, pillado y arrasado todo. Estos detalles eran relatados por los criados, que ponían caras muy serias para disimular sus ganas de soltar la risa. «Las señoras fueron peores que los caballeros», afirmaban, «y comieron y bebieron lo suficiente como para enfermar». Era como el relato de los supervivientes tras el saqueo de una ciudad conquistada.
No quedaba más que partir. Los caballeros lamentaban abiertamente los veinte francos dados en la colecta; estaban indignados de que los de arriba hubieran banqueteado sin pagar nada.
Las damas patronas habían recaudado más de tres mil francos. Pagados todos los gastos, quedaban doscientos veinte para los huérfanos del Sexto Distrito.
Du Roy, que escoltaba a la familia Walter, esperaba su landó. Mientras regresaba con ellos, sentado frente a madame Walter, volvió a captar la caricia de su fugitiva mirada, que parecía inquieta. Pensó: «¡Vaya por Dios! Me parece que está picando el anzuelo», y sonrió al reconocer que realmente tenía mucha suerte con las mujeres, pues madame de Marelle, desde la reanudación de su romance, parecía frenéticamente enamorada de él.
Regresó a casa jubiloso. Madeleine lo esperaba en el salón.
—Tengo noticias —dijo ella—. El asunto de Marruecos se está complicando. Es muy probable que Francia envíe una fuerza expedicionaria dentro de unos meses. En todo caso, se aprovechará la ocasión para derribar al Ministerio, y Laroche-Mathieu se valdrá de ello para hacerse con la cartera de Asuntos Exteriores.
Du Roy, para mortificar a su mujer, fingía no creer nada de aquello. Jamás serían tan locos como para recomenzar otra vez el chanchullo tunecino. Pero ella se encogía de hombros con impaciencia, diciendo: