del
Permanecía turbado ante ella. Al fin dijo, con vacilación:
«Quisiera relatar mi viaje, entonces, desde el principio».
Luego se sentó frente a él al otro lado de la mesa y, mirándolo a los ojos:
—Bueno, cuéntamelo primero a mí; para mí sola, ya entiendes, despacio y sin olvidar nada, y yo seleccionaré lo que deba servir.
Pero como él no sabía por dónde empezar, ella comenzó a interrogarlo como lo habría hecho un sacerdote en el confesonario, formulándole preguntas precisas que le traían a la memoria detalles olvidados, personas con las que se había cruzado y rostros apenas entrevistos.
Cuando le hubo hecho hablar así durante cosa de un cuarto de hora, le interrumpió de repente con estas palabras: