—No, en absoluto.
Empujó la hoja de la ventana que había quedado abierta y volvió a su sitio con semblante tranquilo y sereno.
Su mujer no dijo nada. Aparentemente perdida en sus pensamientos, y con los ojos bajos hacia la mesa, sonreía a las copas con aquella sonrisa vaga que parecía prometerlo siempre todo y no conceder jamás nada.
Se trajeron las ostras de Ostende, diminutas y regordetas como orejitas encerradas en sus conchas, y que se deshacían entre la lengua y el paladar como bombones de sal.
Luego, después de la sopa, se sirvió una trucha tan sonrosada como una jovencita, y los invitados comenzaron a hablar.
Hablaron al principio de un escándalo del momento; la historia de una dama de posición, sorprendida por uno de los amigos de su marido cenando en un reservado con un príncipe extranjero.
Forestier se rió mucho de la aventura; las dos señoras declararon que el indiscreto chismoso era poco menos que un canalla y un cobarde.
Duroy fue de su opinión, y proclamó a voces que en estos asuntos el deber de un hombre, ya sea actor, confidente o simple espectador, es ser mudo como una tumba. Y añadió:
«Qué llena estaría la vida de cosas placenteras si pudiéramos contar con la absoluta discreción de los demás. Lo que a menudo, casi siempre, frena a las mujeres es el miedo a que se revele el secreto. Vamos, ¿no es verdad? —continuó—. ¿Cuántas hay que cederían a un deseo repentino, al capricho de una hora, a un capricho pasajero, si no temieran pagar un placer efímero y fugaz con un escándalo irremediable y lágrimas amargas?».