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IX

una aliada, lo que he buscado y lo que he

Él guardó silencio, esperando que ella respondiera, aguardando una furia rabiosa, violencia e insultos.

Se había puesto una mano sobre el corazón como para contener sus latidos, y seguía tomando aire con dolorosos esfuerzos, que hacían que su pecho se levantara espasmódicamente y su cabeza oscilara de un lado a otro.

Él tomó su otra mano, que reposaba en el brazo del sillón, pero ella la retiró bruscamente.

Entonces murmuró, como en un estado de estupor: «¡Oh, Dios mío!».

Él se arrodilló ante ella, sin atreverse a tocarla, sin embargo, y conmovido más profundamente por este silencio de lo que lo habría estado por un ataque de ira, tartamudeó:

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