caballero, y esto le parecía delicioso. Con esta guisa entraban en tabernas populares y se sentaban en sillas desvencijadas, ante viejas mesas de madera, en salones llenos de humo. Una nube de fuerte tabaco, a la que aún se mezclaba el olor a pescado frito a la hora de la cena, inundaba la estancia; hombres con blusa se gritaban de una mesa a otra mientras se tragaban sendos chupitos de aguardiente, y el camarero, estupefacto, contemplaba a aquella extraña pareja al servirles dos copas de brandy de guindas. Ella —temblorosa, temerosa, pero fascinada— comenzaba a sorber el líquido rojo, mirando a su alrededor con ojos inquietos y febriles. Cada guinda tragada le daba la sensación de un pecado cometido, cada gota de licor ardiente que bajaba por su garganta le procuraba el placer de una alegría traviesa y prohibida.
Entonces ella decía: «Vámonos», y se marchaban. Pasaba rápidamente, con la cabeza