Duroy ya no lo escuchaba. Una de aquellas mujeres estaba apoyada en su palco y lo miraba.
Era una morena robusta, con la piel blanqueada con polvos, los ojos negros alargados en las comisuras con lápiz y sombreados por cejas enormes y postizas. Su pecho, demasiado exuberante, tensaba la seda oscura de su vestido casi hasta reventar; y sus labios pintados, rojos como una herida fresca, le conferían un aspecto bestial, ardiente, antinatural, pero que, sin embargo, despertaba el deseo.
Hizo una seña con la cabeza a una de las amigas que pasaba, una rubia con reflejos rojizos y fornida, como ella, y le dijo, en voz suficientemente alta como para ser oída:
«Ahí hay un muchacho apuesto; si quisiera tenerme por diez luises, yo no diría que no».
Forestier se volvió y le dio una palmada en la rodilla a Duroy, con una sonrisa. «Eso va por usted; está teniendo éxito, querido amigo. Lo felicito».