una mujer muy familiarizada con el sitio. Su rostro estaba oculto por un espeso velo, y caminaba con pasos cautelosos que apenas se hacían
Cuando llegó al coro se volvió y murmuró, con ese tono de voz misterioso que siempre adoptamos en la iglesia:
«Las naves laterales serán mejores. Aquí estamos demasiado a la vista».
Hizo una profunda reverencia ante el altar mayor, giró a la derecha y retrocedió un poco hacia la entrada; luego, tomando una decisión, cogió una silla y se arrodilló.
George tomó posesión de la que estaba al lado de ella y, tan pronto como adoptaron una actitud de oración, comenzó:
«Gracias; oh, gracias; ¡te adoro! Quisiera estar diciéndotelo siempre, decirte cómo empecé a amarte, cómo me cautivaste la primera vez que te vi. ¿Me permitirás algún día abrirte mi corazón para contarte todo esto?».