interesado y a la vez indiferente de todos ellos; confundiéndolos a todos en su estimación, midiéndolos con la misma medida, juzgándolos con el mismo ojo, a pesar de tener que verlos todos los días a todas horas, sin transición alguna, y de hablar con todos ellos sobre el mismo asunto suyo. Se comparaba a un hombre que tuviera que beberse muestras de todas las clases de vino una tras otra, y que pronto sería incapaz de distinguir el Château Margaux del Argenteuil.
Se convirtió en poco tiempo en un reportero notable, seguro de sus datos, astuto, veloz, sutil, un verdadero hallazgo para el periódico, tal como lo observó papá Walter, que sabía lo que eran los hombres de prensa.
Sin embargo, como solo cobraba céntimos por línea además de su sueldo mensual de dos francos, y como la vida en los bulevares, en los cafés y en los restaurantes es costosa, nunca tenía ni un céntimo, y estaba hastiado de su pobreza.
Hay que cogerle el truco a esto, pensaba, al ver a algunos de sus compañeros con los bolsillos llenos de dinero sin lograr comprender jamás qué métodos secretos podían emplear para procurarse semejante abundancia.
Sospechaba con envidia de transacciones desconocidas y sospechosas, de servicios prestados, de todo un sistema de contrabando aceptado y consentido. Pero era necesario que él penetrara en el misterio, entrara en la asociación tácita, se hiciera uno con los camaradas que se estaban repartiendo el botín sin él.
Y a menudo pensaba por las tardes, mientras veía pasar los trenes desde su ventana, en los pasos que debía dar.