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VIII

Marelle no dejaba de afirmar, con ese tono doctrinal con el que decía la menor cosa: «Ese muchacho es en verdad una compañía muy agradable, tiene una mente bien informada».

Febrero tocaba a su fin. Se empezaba a oler las violetas en la calle, al pasar junto a los carritos de los floristas por la mañana. Duroy vivía bajo un cielo sin nubes.

Una noche, al volver a casa, encontró una carta que le habían deslizado por debajo de la puerta. Echó un vistazo al matasellos y leyó «Cannes». Tras abrirla, leyó:

Estimado señor y amigo: ¿No me dijo usted que podía contar con usted para cualquier cosa? Pues bien, tengo que pedirle un servicio muy doloroso; se trata de que venga a ayudarme para no quedarme sola durante los últimos momentos de Charles, que está muriendo. Puede que no dure hasta el final de la semana, según me ha advertido el médico, aunque todavía no se ha guardado en cama. Ya no tengo fuerzas ni valor para presenciar esta muerte hora tras hora, y pienso con terror en esos últimos momentos que se acercan. Solo a usted puedo pedirle semejante servicio, ya que mi marido no tiene parientes. Usted fue su camarada; él le abrió las puerta del periódico. Venga, se lo ruego; no tengo a nadie más a quien pedirírselo. Créame, su afectísima amiga,

Un extrañamiento llenó el corazón de George, una sensación de libertad y de un espacio que se abría ante él, y murmuró: —¡Claro que iré! ¡Pobre Charles! Al fin y al cabo, ¿qué somos?

El gobernador, a quien le leyó la carta, le concedió el permiso de mala gana, repitiendo: «Pero vuelve pronto, nos eres indispensable».

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