los merodeadores que murmuran en las esquinas: «¿Quieres venirte a casa conmigo, cariño?», pero no se atrevía a seguirlos, al no poder pagarles, y, además, esperaba otra cosa, besos menos venalmente vulgares.
Le gustaban, sin embargo, los lugares en los que pululan las mujeres de la vida—sus bailes, sus cafés y sus calles—. Le gustaba codearse con ellas, hablarles, bromear con ellas, inhalar sus fuertes perfumes, sentirse cerca de ellas. Eran mujeres a fin de cuentas, mujeres hechas para el amor. No las despreciaba con el desprecio innato de un hombre de buena cuna.
Se volvió hacia la Madeleine, siguiendo el flujo de la multitud que avanzaba abrumada por el calor. Los principales cafés, repletos de clientes, desbordaban hacia la acera y mostraban a su público bebedor bajo el fulgor deslumbrante de sus fachadas iluminadas.
Delante de ellos, sobre mesitas cuadradas o redondas, había vasos que contenían líquidos de todas las tonalidades: rojo, amarillo, verde, marrón; y dentro de las garrafas brillaban los grandes cilindros transparentes de hielo, que servían para enfriar el agua clara y brillante.
Duroy había disminuido el paso, un deseo de beber le abrasaba la garganta.