Todos habían sido colocados en el mismo estante según su tamaño, y una tarjeta como las de los museos llevaba la inscripción: «Colección Forestier-Du Roy (antes Forestier y Cía.)». Cerró silenciosamente el armario, diciendo, en voz lo suficientemente alta como para ser oído: «Hay tontos y envidiosos en todas partes».
Pero estaba herido en su orgullo, herido en su vanidad, ese orgullo y esa vanidad quisquillosos del escritor, que producen la susceptibilidad nerviosa siempre en alerta, tanto en el periodista como en el poeta genial.
La palabra «Forestier» le hacía zumbar los oídos. Temía oírla y se sentía enrojecer cuando la escuchaba. Ese nombre era para él una broma mordaz, más que una broma, casi un insulto. Le decía:
«Es tu mujer quien hace tu trabajo, como hizo el del otro. No serías nada sin ella».
Él admitía que Forestier no habría sido nadie sin Madeleine; pero en cuanto a él, ¡vamos hombre!
Luego, en casa, la inquietante impresión continuó. Era toda la casa ahora la que le recordaba al difunto, todos los muebles, todas las chucherías, todo aquello en lo que ponía las manos. Apenas había pensado en esto al principio, pero la broma ideada por sus camaradas había provocado una especie de herida mental que una serie de naderías, inadvertidas hasta el presente, contribuían ahora a envenenar. No podía coger nada sin imaginarse al punto que veía la mano de Charles sobre ello. Solo miraba y hacía uso de cosas de las que este último se había servido antiguamente; cosas que había comprado, que le habían gustado y disfrutado. Y George comenzó incluso a irritarse al pensar en las pasadas relaciones entre su amigo y su mujer. A veces se sorprendía de esta revuelta de su