parte de la comisión mixta. Le vamos a dar una dosis que no olvidará
Y le administrarían al ministro una dosis, y otra al día siguiente, y una tercera al otro.
El diputado Laroche-Mathieu, que cenaba en la Rue Fontaine todos los martes, después del conde de Vaudrec, que empezaba la semana, estrechaba las manos de marido y mujer con muestras de extrema alegría. No cesaba de repetir: «¡Válgame Dios, qué campaña! ¿Y si al final no lo conseguimos?».
En realidad, esperaba lograr hacerse con la cartera de asuntos exteriores, que llevaba mucho tiempo teniendo en mente.
Él era uno de esos políticos de mil rostros, sin convicciones firmes, sin grandes aptitudes, sin audacia y sin ninguna profundidad de conocimientos, un abogado provinciano, un dandi de aldea, que mantenía un equilibrio astuto entre todos los partidos, una especie de jesuita republicano y hongo liberal de carácter incierto, de esos que brotan por centenares en el muladar popular del sufragio universal.
Su maquiavelismo de aldea hacía que se le tuviera por capaz entre sus colegas, entre todos los aventureros y abortos que llegan a diputados. Estaba lo suficientemente bien vestido, era correcto, familiar y amable como para triunfar.
Tenía sus éxitos en la sociedad, en la sociedad mixta, perturbada y algo burda de los altos funcionarios de la época. Se decía por todas partes de él: «Laroche será ministro», y él creía más firmemente que nadie que lo sería. Era uno de los principales accionistas del periódico del papá Walter, y su colega y socio en muchos chanchullos financieros.
Du Roy lo secundaba con confianza y con vagas esperanzas respecto al futuro. Además, no hacía más que continuar la obra comenzada por