gacha y los pasos cortos de una actriz que abandona el escenario, entre los bebedores, que, con los codos sobre las mesas, la veían pasar con miradas desconfiadas e insatisfechas; y, al cruzar el umbral, soltaba un profundo suspiro, como si acabara de escapar de algún terrible peligro.
A veces ella le preguntaba a Duroy, con un estremecimiento: «Si me insultaran en estos lugares, ¿qué harías tú?».
Él respondía, con un aire fanfarrón:
«¡Toma tu parte, pordios!»
Y ella le apretaba el brazo con felicidad, con, quizás, el vago deseo de ser insultada y defendida, de ver a los hombres batirse por su causa, incluso hombres como aquellos, con su amante.
Pero estas excursiones, que tenían lugar dos o tres veces por semana, empezaron a cansar a Duroy, a quien le costaba mucho trabajo, además, desde hacía algún tiempo, conseguir los diez francos necesarios para el pastel y las consumiciones.