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VI

“Una vez tuve que intervenir por la fuerza; y a partir de entonces comencé a hablarles todos los días y siempre que podía. De vez en cuando se detenían y escuchaban; pero seguían molestando a Marie de todas formas.

“Les conté lo infeliz que era Marie, y al cabo de un rato dejaron de insultarla y la dejaron pasar en silencio. Poco a poco fuimos acostumbrándoles a conversar juntos, los niños y yo. No les oculté nada, se lo conté todo. Escucharon con mucha atención y pronto empezaron a compadecerse de Marie. Por fin, algunos de ellos empezaron a decirle «Buenos días», con amabilidad, cuando se cruzaban con ella. Allí es costumbre saludar a cualquiera que te encuentres con un «Buenos días», ya lo conozcas o no. Puedo imaginar lo asombrada que debió de estar Marie ante estos primeros saludos de los niños.

“Una vez, dos niñitas consiguieron algo de comida y se la llevaron, y luego volvieron y me lo contaron. Dijeron que ella se había echado a llorar, y que ahora la querían muchísimo. Muy poco después de aquello, todas empezaron a tomarle cariño a Marie, y al mismo tiempo comenzaron a sentir un gran afecto por mí. A menudo venían a verme y me suplicaban que les contara historias. Supongo que debía de dárseme bien contar historias, porque les encantaba escucharlas. Al final, me dio por leer cosas interesantes a propósito para transmitírselas a las pequeñas, y así continué durante todo el tiempo que me quedé allí, tres años. Más tarde, cuando todo el mundo —incluso Schneider— estaba enfadado conmigo por no ocultarle nada a los niños, señalé lo absurdo que era, pues ellos siempre se enteraban de las cosas, solo que las aprendían de un modo que corrompía sus mentes, cosa que conmigo no sucedía. Basta con recordar la propia infancia para admitir la verdad de esto. Pero nadie se convence…

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