privado se expresaba con mayor ternura. El compromiso era feliz y adecuado, y por lo tanto fue bien visto en la alta sociedad. El príncipe S⸺ era un hombre distinguido, tenía dinero y su futura esposa le profesaba devoción; ¿qué más se podía desear? Lizabetha Prokofievna se habí asentido menos inquieta respecto a esta hija, sin embargo, a pesar de considerar sospechosos sus gustos artísticos. Pero en compensación era, según expresión de la madre, «alegre» y tenía sobrado «sentido común». Era el porvenir de Aglaya el que más la turbaba. En cuanto a su hija mayor, Alejandra, la madre nunca supo a ciencia cierta si había motivo de preocupación o no. A veces sentía como si no hubiera nada que esperar de ella. Ya tenía veinticinco años y estaba abocada a quedarse solterona, ¡y «con lo hermosa que es!» La madre se pasaba noches enteros llorando y lamentándose, mientras todo el tiempo la causa de su pesar dormía pacíficamente. «¿Qué le pasa? ¿Es una nihilista o simplemente una tonta?».
Pero Lizaveta Prokófievna sabía perfectamente lo innecesaria que era la última pregunta. Valoraba mucho el juicio de Alexandra Ivánovna y a menudo le consultaba en momentos difíciles; pero que era una «gallina mojada» jamás lo dudó ni por un momento. > «¡Es tan tranquila; nada la conmueve, aunque las gallinas mojadas no siempre son tranquilas! ¡Ay, no lo entiendo!» Su hija mayor inspiraba a Lizaveta una especie de desconcertada compasión. No sentía esto en el caso de Aglaya, aunque esta última fuera su ídolo. Puede decirse que estos arrebatos y epítetos, como el de «gallina mojada» (en los que solía manifestarse la solicitud materna), solo hacían reír a Alexandra. A veces, la cosa más trivial irritaba a la señora Epanchin y la llevaba al paroxismo. Por ejemplo, a Alexandra Ivánovna le gustaba dormir hasta tarde y siempre estaba soñando, aunque sus sueños tenían la