La pregunta de Nina Alexandrovna delataba una intensa irritación. Gania esperó un momento y luego dijo, sin tomarse la molestia de ocultar la ironía de su tono:
—Ahí estás, madre, siempre eres así. Comienzas prometiendo que no va a haber reproches, ni insinuaciones, ni preguntas, y ya estás empezando con ellos ahora mismo. Más nos valdría dejar el asunto; sí, de verdad. Jamás te abandonaré, madre; cualquier otro hombre saldría huyendo de una hermana como esta. ¡Mira cómo me está mirando en este mismo momento! Además, ¿cómo sabes que estoy embaucando a Nastasia Filippovna? En cuanto a Varia, no me importa; puede hacer lo que le venga en gana. ¡Y ya está, con eso basta!
La irritación de Gania aumentaba con cada palabra que pronunciaba, mientras paseaba de un lado a otro de la habitación. Esas conversaciones no tardaban nunca en tocar las llagas de la familia.
—Ya he dicho que en el momento en que ella entre, yo saldré, y mantendré mi palabra —observó Varia.
—¡Por cabezonería! —gritó Gania—. Tú tampoco te has casado, gracias a tu cabezonería. ¡Vaya, no hace falta que me frunces el ceño, Varvara! Puedes marcharte ahora mismo si por mí fuera; ya estoy más que harto de tu compañía. ¿Qué, también vas a dejarnos? —exclamó, volviéndose hacia el príncipe, que se levantaba de la silla.
La voz de Gania estaba llena de la más desenfrenada e incontrolable irritación.
El príncipe se volvió en la puerta para decir algo, pero al advertir en la expresión de Gania que solo faltaba esa gota para hacer desbordar el vaso, cambió de opinión y salió de la habitación sin decir una palabra. Unos minutos después, por las voces ruidosas en la sala, se dio cuenta de que la conversación se había vuelto más pendenciera que nunca tras su