El príncipe se había quedado huérfano siendo aún muy niño, y Pavlischev lo había confiado a una anciana, pariente suya, que vivía en el campo, ya que el niño necesitaba el aire fresco y el ejercicio de la vida campestre.
Fue educado, primero por una institutriz y después por un tutor, pero no podía recordar gran cosa de esa época de su vida. Sus ataques eran tan frecuentes entonces, que lo convertían casi en un idiota (el príncipe empleaba él mismo la expresión «idiota»).
Pavlischev había conocido al profesor Schneider en Berlín, y este último lo había persuadido de que enviara al muchacho a Suiza, al establecimiento que Schneider tenía allí, para el tratamiento de su epilepsia, y, cinco años antes de aquel momento, el príncipe fue enviado allá.
Pero Pavlischev había muerto dos o tres años atrás, y el propio Schneider había mantenido al muchacho, desde aquel día hasta el presente, a sus propias expensas. Aunque no lo había curado del todo, había mejorado considerablemente su estado; y ahora, por fin, a petición del propio príncipe y a causa de cierto asunto que había llegado a oídos de este último, Schneider había despachado al joven hacia Rusia.
El general quedó muy asombrado.
—¿Entonces no tiene a nadie, absolutamente a nadie en Rusia? —preguntó.
—Por el momento, nadie; pero espero hacer amigos; y además tengo una carta de...
—En todo caso —terció el general, sin prestar atención a la noticia sobre la carta—, en todo caso, usted habrá aprendido algo, y su dolencia no le impediría emprender algún trabajo fácil, en uno de los ministerios, por ejemplo?