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II

—Ven —dijo Aglaya—. Príncipe, tienes que caminar conmigo. ¿Puedo, mamá? ¿A que este joven caballero no me quiere? ¿No dijiste que nunca me querrías, príncipe? No, no, así no; esa no es la manera de ofrecer el brazo. ¿Aún no sabes cómo ofrecerle el brazo a una dama? Toma, así. Ahora ven, tú y yo abriremos la marcha. ¿Te gustaría abrir la marcha conmigo a solas, tête-à-tête?

Ella siguió hablando y charlando sin parar, con ocasionales pequeñas ráfagas de risa entre medio.

—¡Gracias a Dios —gracias a Dios! —se dijo Lizaveta Prokófievna, sin saber muy bien por qué se sentía tan aliviada.

—¡Qué gente tan extraordinaria es! —pensó el príncipe S⁠—, tal vez por centésima vez desde que había entrado en relaciones íntimas con la familia; pero, aun así, le gustaba esa «gente extraordinaria». En cuanto al príncipe Lev Nikoláievich en persona, al príncipe S⁠— no parecía agradarle del todo, por alguna razón. Estaba decididamente preocupado y un tanto inquieto cuando todos se pusieron en marcha.

Evgenie Pavlovitch parecía estar de muy buen humor. Hizo reír a Adelaida y a Alexandra durante todo el camino hasta el Vauxhall; pero ambas rieron con tanta prontitud y facilidad que el digno Evgenie comenzó por fin a sospechar que no lo estaban escuchando en absoluto.

A esta ocurrencia, prorrumpió de repente en una carcajada, con una alegría de lo más natural y sin dar ninguna explicación.

Las hermanas, que también parecían estar de muy buen humor, no se cansaban de mirar de reojo a Aglaya y al príncipe, que iban caminando delante. Era evidente que su hermana menor era todo un enigma para ambas.

El príncipe S⁠⸺ se esforzó mucho por entablar una conversación con la señora Yepantchin sobre temas ajenos, probablemente con la buena

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