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IV

“Desde luego; y todo ocurrió de manera tan fácil y natural. Y, sin embargo, si un novelista fuera a describir el episodio, le añadiría toda clase de detalles imposibles e increíbles”.

—¡Oh —exclamó el príncipe—, yo he pensado eso a menudo! ¡Vaya, si yo sé de un asesinato cometido por robar un reloj! Está en todos los periódicos ahora mismo. Pero si a algún escritor se le hubiera ocurrido inventarlo, todos los críticos se le habrían echado al cuello diciendo que aquello era de lo más improbable. Y, sin embargo, uno lo lee en el periódico y no puede evitar pensar que a partir de estas extrañas revelaciones se obtiene el pleno conocimiento de la vida y el carácter rusos. Ha estado muy bien dicho, general; es muy cierto —concluyó el príncipe, efusivamente, encantado de haber hallado un refugio contra el intenso rubor que le había cubierto el rostro.

—Sí, es muy cierto, ¿verdad? —exclamó el general, con los ojos brillantes de satisfacción—. Un muchacho pequeño, un niño, naturalmente no se percata del peligro; se abre paso a empujones entre la multitud para ver el brillo y la chispa de los uniformes, y sobre todo al gran hombre de quien todo el mundo hablaba, pues en aquel entonces todo el mundo no hablaba de otra persona que de este hombre desde hacía algunos años. El mundo estaba lleno de su nombre; yo —por decirlo así— lo mamé con la leche materna. Napoleón, al pasar a un par de pasos de mí, me vio por casualidad. Iba muy bien vestido y, estando completamente solo en aquella multitud, como imaginará usted fácilmente…

“¡Ah, por supuesto! Naturalmente, el espectáculo le impresionó y le demostró que no toda la aristocracia se había marchado de Moscú; que al menos algunos nobles y sus hijos se habían quedado”.

—¡Exacto! ¡Exacto! ¡Quería ganarse a la aristocracia! Cuando su aguileña mirada se posó en mí, la mía debió de devolverle el destello en respuesta. « Voilà un garçon bien éveillé! Qui est ton père? »

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