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IV. Las hermanas Epanchin

tono, de estilo y de todo lo demás con aquella joven; los buenos tiempos de antaño se habían acabado. Una mujer completamente nueva y distinta se sentaba ante él, entre la cual y la muchacha que había dejado en el campo el pasado mes de julio parecía no haber nada en común.

En primer lugar, esta nueva mujer entendía bastante más de lo que era habitual en los jóvenes de su edad; tanto es así, que Totski no podía dejar de preguntarse dónde había adquirido tantos conocimientos. ¿Desde luego que no en su «biblioteca de señorita»? Estos abarcaban incluso asuntos legales y el «mundo» en general, en una medida considerable.

Su carácter había cambiado por completo. Se habían acabado las aniñadas alternancias de timidez y petulancia, la adorable ingenuidad, los devaneos, las lágrimas, la jovialidad…

Era un ser totalmente nuevo y hasta entonces desconocido el que ahora se sentaba y se reía de él, y le informaba en su propia cara de que jamás había experimentado por él el más leve sentimiento de ninguna clase, salvo repugnancia y desprecio; un desprecio que había seguido de cerca a sus sensaciones de sorpresa y desconcierto tras su primer encuentro con él.

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