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VIII

—Es usted sorprendentemente ingenuo, príncipe —dijo el sobrino de Lébedev en tono burlón.

—Además, aunque usted sea un príncipe y un millonario, y aunque pueda ser en verdad sencillo y de buen corazón, difícilmente puede estar fuera de la ley general —declaró Hipólito en voz alta.

—Quizás no; es muy posible —convino el príncipe apresuradamente—, aunque no sé a qué ley general alude usted. Continuaré; pero, por favor, no se ofenda sin motivo. Le aseguro que no es mi intención ofenderle en lo más mínimo. ¡De verdad, es imposible decir tres palabras con sinceridad sin que usted monte en cólera! Al principio me sorprendió cuando Chébarov me dijo que Pavlíchev tenía un hijo, y que este se encontraba en una situación tan miserable. Pavlíchev fue mi bienhechor y amigo de mi padre. Oh, señor Kéller, ¿por qué su artículo le atribuye cosas a mi padre sin el menor fundamento? Jamás despilfarró los fondos de su compañía ni maltrató a sus subordinados, estoy absolutamente seguro de ello; ¡no me explico cómo pudo usted llegar a escribir semejante calumnia! ¡Pero sus afirmaciones sobre Pavlíchev son completamente intolerables! A usted no le tiembla el pulso al convertir a ese noble hombre en un libertino; lo llama sensualista con tanta tranquilidad como si dijera la verdad, y sin embargo no sería posible encontrar a un hombre más casto. Era incluso un erudito notable, mantenía correspondencia con varios científicos célebres y gastaba grandes sumas en favor de la ciencia. En cuanto a su gran corazón y sus buenas acciones, tenía usted toda la razón cuando dijo que en aquella época yo era casi un idiota y apenas podía comprender nada (aunque sabía hablar y entender ruso), pero ahora puedo valorar lo que recuerdo...

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