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Según el relato de Lebedeff, primero había intentado ver qué podía hacer con el general Epanchin. Este último le había comunicado que le deseaba lo mejor al desgraciado joven y que con mucho gusto haría lo que pudiera para «salvarlo», pero que no creía conveniente inmiscuirse en el asunto. Lizaveta Prokófievna ni quería oír hablar de él ni verlo. El príncipe S⁠⸺ y Evgueni Pávlovitch solo se habían encogido de hombros, dando a entender que no era asunto suyo. Sin embargo, Lebedeff no había perdido el ánimo y había acudido a un abogado astuto, un hombre digno y respetable a quien conocía bien. Este viejo caballero le informó de que la cosa era perfectamente factible si conseguía testigos competentes de la incapacidad mental de Muishkin. Entonces, con la ayuda de unas pocas personas influyentes, pronto vería el asunto arreglado.

Lebedeff se apresuró a contratar los servicios de un viejo médico y se lo llevó a Pávlovsk para que viera al príncipe, por decirlo así, para hacer un reconocimiento del terreno y aconsejarle (a Lebedeff) sobre si debía llevarse a cabo el asunto o no. La visita no debía ser oficial, sino meramente amistosa.

Muishkin recordaba muy bien la visita del médico. Recordaba que Lebedeff había dicho que tenía mal aspecto y que le vendría bien ver a un doctor; y aunque el príncipe rechazó la idea, Lebedeff había aparecido casi de inmediato con su viejo amigo, explicando que acababan de encontrarse junto a la cama de Hipólito, quien estaba muy enfermo, y que el médico tenía algo que decirle al príncipe acerca del enfermo.

El príncipe, por supuesto, lo había recibido de inmediato y se había enfrascado en una conversación sobre Hipólito. Le había dado al doctor un relato del intento de suicidio de Hipólito; y había procedido a hablar luego de su propia enfermedad⁠—de Suiza, de Schneider y demás; y tan profundamente se sintió interesado el anciano por la conversación del príncipe y su descripción del sistema de Schneider, que se quedó sentado durante dos horas.

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