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VIII

—Disculpe —interrumpió Hipólito—, ¿no es esto más bien sentimental? Usted dijo que deseaba ir al grano; tenga la amabilidad de recordar que pasan de las nueve.

—Muy bien, señores, muy bien —respondió el príncipe—. Al principio recibí la noticia con desconfianza; luego me dije que podía estar equivocado y que Pavlíchev bien pudo haber tenido un hijo. Pero lo que me dejó absolutamente asombrado fue la facilidad con que el hijo reveló el secreto de su nacimiento a expensas del honor de su madre. Pues Chebarov ya me había amenazado con hacerlo público en nuestra entrevista...

—¡Qué tontería! —interrumpió el sobrino de Lébedev con violencia.

—¡No tiene usted derecho, no tiene usted derecho! —gritó Burdovski.

—El hijo no es responsable de las fechorías de su padre; y la madre no tiene la culpa —añadió Hipólito con ardor.

—Eso me parece a mí una razón aún mayor para perdonarla —dijo el príncipe tímidamente.

—Príncipe,

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