ciertos aspectos. Por ejemplo, si le hubieran dicho que lo apuñalarían en el altar, o que lo insultarían públicamente, sin duda se habría asustado; pero no tanto ante la idea de ser asesinado, herido o insultado, como ante el pensamiento de que, si tales cosas llegaban a suceder, quedaría en ridículo ante los ojos de la sociedad.
Él sabía muy bien que Nastasia lo comprendía a la perfección, así como el modo y el lugar en que debía herirlo; por lo tanto, dado que el matrimonio aún estaba en mantillas, Totski decidió congraciarse con ella renunciando al mismo. Su decisión se vio reforzada por el hecho de que Nastasia Filípovna había cambiado extrañamente en los últimos tiempos. Resultaría difícil imaginar cuán diferente era físicamente en el presente de aquella muchacha de hacía unos años. Era bonita entonces... ¡pero ahora!... Totski se reía con enojo cuando pensaba en cuán corto de miras había sido. Recordaba cómo, en tiempos pasados, solía contemplar sus hermosos ojos, cómo ya entonces se maravillaba ante sus oscuras y misteriosas profundidades, y ante su mirada absorta que parecía buscar la respuesta a algún enigma desconocido. Su tez también había cambiado. Ahora estaba pálida en extremo, pero, curiosamente, este cambio no hacía más que embellecerla. Como la mayoría de los hombres mundanos, Totski había despreciado un tanto semejante conquista de fácil factura, pero en los últimos años había empezado a pensar de otro modo al respecto. Ya desde la primavera pasada se le había cruzado por la cabeza que debía buscarle un buen partido a Nastasia; por ejemplo, algún joven respetable y sensato que trabajara en una oficina gubernamental en otra región del país. ¡Cómo se burlaba ahora Nastasia, con malicia, ante la idea de semejante ocurrencia!
Sin embargo, a Totski le pareció que podía servirse de ella de otro modo, y decidió instalarla en San Petersburgo, rodeándola de todas las comodidades y lujos que su riqueza podía comprar. De este modo, podría ganar prestigio en ciertos círculos.