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III

se la prestaré para que la lea. Debe saber que una vez hubo un Papa romano que estaba muy enojado con cierto emperador; así que el emperador vino y ni comió ni bebió, sino que se arrodilló ante el palacio del Papa hasta que lo perdonaran. ¿Y qué clase de votos cree que hacía ese emperador durante todos esos días de rodillas? ¡Alto, se lo leeré!». Luego me leyó un montón de versos, en los que se decía que el emperador se pasó todo el tiempo jurando venganza contra el Papa.

—No querrá usted decir que no aprueba el poema, Parfén Semeiónovitch —dice ella.

—Todo lo que ha leído usted es perfectamente verdad —digo yo.

—¡Ajá! —dice ella—, ¿admite usted que es verdad? Y se está jurando a sí mismo que si me caso con usted, me recordará todo esto y se desquitará conmigo.

—No sé —digo yo—, tal vez estaba pensando en eso, y tal vez no. No estoy pensando en nada en este momento.

—¿Qué es lo que piensas, entonces?

—Pienso que cuando te levantas de tu silla y pasas junto a mí, te miro y te sigo con la mirada; con solo que tu vestido cruja, mi corazón se encoge; si sales de la habitación, recuerdo cada pequeña palabra y acción, y cómo sonaba tu voz, y lo que dijiste. Anoche no pensé en nada más, sino que me quedé aquí sentado escuchando tu respiración mientras dormías, y te oí moverte un poco, dos veces.

—Y en cuanto a tu ataque contra mí —dice ella—, supongo que ni una sola vez pensaste en eso. —Quizá lo pensé, y quizá no —digo yo.

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