resucitado. En general, se adaptó muy bien a su nueva situación. Ptitsin y Varia declararon que estaba en el lugar que le correspondía, y Gania opinaba lo mismo. La única persona que deploró su suerte fue la pobre Nina Aleksándrovna, quien derramó amargas lágrimas por él, para gran sorpresa de los suyos, y, a pesar de su delicada salud, se empeñaba en ir a visitarlo tan a menudo como le era
Desde el «percance» del general, como lo llamaba Colia, y el matrimonio de su hermana, el muchacho había adquirido silenciosamente mucha más libertad.
Sus parientes lo veían poco, pues rara vez dormía en casa. Hizo muchos amigos nuevos y era, además, un visitante frecuente de la cárcel por deudas, a la que invariablemente acompañaba a su madre.
Varia, que solía reprenderlo siempre, no le dirigía la palabra ahora sobre el tema de sus frecuentes ausencias, y toda la familia se sorprendía al ver a Gania, a pesar de su depresión, en términos bastante amistosos con su hermano.
Esto era algo nuevo, pues Gania solía considerar a Colia como una especie de recadero, tratándolo con desprecio, amenazándolo con «tirarle de las orejas» y, en general, sacándolo de quicio con sus irritaciones. Parecía ahora que Gania realmente necesitaba a su hermano, y este último, por su parte, sentía que podía perdonarle mucho a Gania desde que este había devuelto los cien mil rublos que le había ofrecido Nastasia Filippovna.
Tres meses después de la partida del príncipe, la familia Ivolguin descubrió que Colia había hecho amistad con los Epanchin, y que trataba con mucha confianza a las hijas. Varia se enteró la primera, a pesar de que Colia no le había pedido que lo presentara. Poco a poco, la familia le fue tomando mucho afecto. Al principio, la señora Epanchin lo miraba con desdén y lo recibió con frialdad, pero en