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II

—¿Cómo?, ¿que es pariente usted entonces? —preguntó el criado, tan desconcertado que empezó a asustarse de verdad.

—Bueno, tanto como eso no. Si se estira mucho la cuestión, somos parientes, por supuesto, pero tan lejanos que uno no puede realmente dar fe de ello. Una vez le escribí a su señora desde el extranjero, pero no me contestó. Sin embargo, he creído oportuno presentarme ante ella a mi llegada. Le digo todo esto para tranquilizarla, pues veo que todavía está muy incógoda por mi culpa. Lo único que tiene que hacer es anunciarme como el príncipe Mishkin, y el objeto de mi visita quedará bastante claro. Si me reciben, pues muy bien; si no, pues muy bien también. Pero estoy seguro de que me recibirán; supongo que Madame Epanchin tendrá curiosidad por ver al único representante que queda de su familia. Valora muchísimo su ascendencia Mishkin, si estoy bien informado.

La conversación del príncipe era llana y confiada hasta cierto punto, y el sirviente no pudo evitar sentir que, tratándose de un visitante y un simple criado, semejante estado de cosas era de lo más impropio. Su conclusión fue que una de dos cosas debía ser la explicación: o bien se trataba de un impostor pedigüeño, o bien el príncipe, si es que era príncipe, era sencillamente un tonto, sin la más mínima ambición; pues un príncipe sensato y con algo de ambición desde luego no se pondría a esperar en antesalas con los criados ni a hablar de sus asuntos privados de aquel modo. En cualquiera de los dos casos, ¿cómo iba a anunciar a tan singular visitante?

—¡De verdad creo que debo pedirle que pase a la habitación de al lado! —dijo, con toda la insistencia de que fue capaz.

—¿Por qué? Si hubiera estado sentado allí ahora, no habría tenido la oportunidad de hacer estas explicaciones personales. Veo que todavía está inquieto por mí y no deja de mirar mi capa y mi hatillo. ¿No cree que podría entrar usted mismo ahora, sin esperar a que salga el secretario?

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