Por regla general, los paroxismos del viejo general Ivoguin terminaban en nada. Antes de esto había experimentado arrebatos de furia repentina, pero no muy a menudo, porque en realidad era un hombre de índole pacífica y bondadosa.
Había intentado cientos de veces superar los hábitos dissolutos que había contraído en los últimos años. De pronto recordaba que era «padre», se reconciliaba con su mujer y derramaba lágrimas sinceras.
Su sentimiento hacia Nina Aleksándrovna rayaba casi en la adoración; ella le había perdonado tanto en silencio y aún lo amaba a pesar del estado de degradación en el que había caído.
Pero las luchas del general contra su propia debilidad nunca duraban mucho. Era, a su manera, un hombre impetuoso, y una vida apacible de arrepentimiento en el seno de su familia pronto se le volvía insoportable. Al final se rebelaba y montaba en cóleras que quizá lamentaba incluso mientras se dejaba llevar por ellas, pero que escapaban a su control.
Buscaba pleito con todo el mundo, empezaba a discursear con elocuencia, exigía un respeto ilimitado y, por fin, desaparecía de la casa, y a veces no regresaba en mucho tiempo. Hacía ya dos años que había renunciado a inmiscuirse en los asuntos de su familia y no sabía nada de ellos salvo lo que oía decir por ahí.
Pero en esta ocasión había algo más grave de lo habitual. Todo el mundo parecía saber algo, pero tener miedo de hablar de ello.
El general se había presentado en el seno de su familia dos o tres días antes, pero no, como de costumbre, con el ramo de oliva de la paz en la mano, ni con el sayal de penitente del que solía revestirse en tales