“Todo el tiempo que estuve en su casa tuve la certeza de que en alguna parte, debajo del suelo, había escondido algún cadáver espantoso, envuelto en hule, quizás enterrado allí por su padre, ¿quién sabe? Tal como en el caso de Moscú. ¡Podría haberle señalado el lugar exacto!”.
“Él siempre está en silencio, pero sé bien que me ama tanto que debe odiarme.
Mi boda y la tuya serán el mismo día; así lo he dispuesto con él. No tengo secretos para él. Lo mataría por puro miedo, pero él me matará primero.
Acaba de soltar una carcajada y dice que estoy delirando. Sabe que te estoy escribiendo”.
Había mucho más de este delirante vagar en las cartas; una de ellas era muy larga.
Al fin el príncipe salió del parque oscuro y sombrío, en el que había estado vagando durante horas, exactamente igual que el día anterior. La noche clara le pareció más luminosa que nunca.
«Debe de ser muy temprano», pensó. (Había olvidado su reloj).
Se oía una música lejana en alguna parte. «¡Ah —pensó—, el Vauxhall! ¡Claro que hoy no estarán allí!».
En ese momento advirtió que estaba cerca de su casa; había sentido que tarde o temprano terminaría gravitando hacia ese lugar y, con el corazón latiendo con fuerza, subió los escalones de la galería.
Nadie salió a recibirlo; la galería estaba vacía y casi completamente a oscuras. Abrió la puerta para entrar en la habitación, pero esta también se encontraba a oscuras y vacía. Se quedó en medio del cuarto, perplejo.