el verano en algún balneario y el invierno en París, para mayor provecho de los organizadores de bailes públicos. Se puede decir con seguridad que el gerente del Château des Fleurs (¡afortunado hombre!) se embolsó al menos un tercio del dinero pagado por los campesinos rusos a sus señores en los días de la servidumbre. Como fuere, el alegre P⸺ crió al huérfano como a un príncipe, le proporcionó tutores y institutrices (¡bonitas, por supuesto!) que él mismo elegía en París. Pero el pequeño aristócrata, el último de su noble estirpe, era un idiota. Las institutrices, reclutadas en el Château des Fleurs, obraron en vano; a los veinte años su pupila no podía hablar en ningún idioma, ni siquiera en ruso. Pero la ignorancia de este último aún era disculpable. Por fin a P⸺ le sobrevino una extraña ocurrencia; se imaginó que en Suiza podían transformar a un idiota en un hombre sensato. Después de todo, la idea era bastante lógica; un parásito y terrateniente suponía naturalmente que la inteligencia era un producto comercial como cualquier otro y que en Suiza, especialmente, podía comprarse con dinero. El caso fue encomendado a un célebre profesor suizo y costó miles de rublos; el tratamiento duró cinco años. Huelga decir que el idiota no se volvió inteligente, pero se alega que creció hasta convertirse en algo más o menos parecido a un hombre. En esta etapa P⸺ murió repentinamente y, como de costumbre, no había hecho testamento y dejó sus asuntos en desorden. Surgió una multitud de reclamantes ávidos, a los que no les importaba en absoluto ningún último vástago de una estirpe noble que se estuviera sometiendo a tratamiento en Suiza, a expensas del difunto, como idiota congénito. Idiota y todo, el noble vástago intentó estafar a su profesor, y dicen
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