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II

El hombre que es atacado por unos ladrones de noche, en un bosque oscuro, o en cualquier parte, abriga sin duda la esperanza y sigue esperando poder escapar todavía hasta el mismo momento de su muerte.

Hay infinidad de casos en los que un hombre huye, o suplica clemencia —en todo caso, manteniendo cierta esperanza—, aun después de habérsele degollado.

¡Pero en el caso de una ejecución, esa última esperanza —teniendo la cual resulta inconmensurablemente menos terrible morir— se le arrebata al infeliz y se la reemplaza por la certeza!

Ahí está su sentencia, y con ella esa terrible certeza de que le es absolutamente imposible escapar de la muerte; lo cual, a mi juicio, debe de ser la más espantosa angustia del mundo. Podéis colocar a un soldado ante la boca de un cañón en plena batalla y disparar contra él, y aun así albergará esperanzas. Pero leedle a ese mismo soldado su sentencia de muerte, y o bien enloquecerá, o bien estallará en lágrimas. ¿Quién se atreve a decir que un hombre puede sufrir esto sin volverse loco? ¡No, no! Es un abuso, una vergüenza, es innecesario; ¿por qué ha de existir algo semejante?

Sin duda habrá hombres que han sido condenados, que han padecido esta angustia mental por un tiempo y que luego han sido indultados; tal vez esos hombres hayan podido relatar sus sentimientos más tarde.

Nuestro Señor Cristo habló de esta angustia y pavor.

¡No! ¡no! ¡no! ¡Ningún hombre debería ser tratado así, ningún hombre, ningún hombre!

El criado, aunque por supuesto no habría podido expresar todo esto como el príncipe, lo comprendió con claridad y quedó muy bien

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