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VIII

extremidades. Dejándola en una provincia lejana, vino a la capital en busca de alumnos. A fuerza de trabajo diario ganaba lo suficiente para poder seguir los cursos universitarios y, por fin, ingresar en la universidad. ¿Pero qué se puede ganar dando clases a los hijos de comerciantes rusos a diez kopeks la lección, sobre todo con una madre inválida a la que mantener? Ni siquiera su muerte disminuyó mucho las penalidades de la lucha del joven por la existencia. Ahora bien, esta es la cuestión: ¿cómo, en nombre de la justicia, debería haber razonado nuestro vástago el caso? Nuestros lectores pensarán, sin duda, que se diría a sí mismo: ‘P⁠⸺ me colmó de beneficios toda mi vida; gastó decenas de miles de rublos en educarme, en proporcionarme institutrices y en mantenerme bajo tratamiento en Suiza. Ahora soy millonario, y el hijo de P⁠⸺, un joven noble que no es responsable de las faltas de su despreocupado y olvidadizo padre, se devana los días dando mal pagadas lecciones. Según la justicia, todo lo que se hizo por mí debió hacerse por él. Las enormes sumas gastadas en mí no eran en realidad mías; llegaron a mí por un error de la ciega Fortuna, cuando debieron haber ido a parar al hijo de P⁠⸺. Debieron haber servido para beneficiarle a él, y no a mí, en quien P⁠⸺ se interesó por un mero capricho, en lugar de cumplir con su deber de padre. Si quisiera portarme con nobleza, justicia y delicadeza, debería entregar la mitad de mi fortuna al hijo de mi benefactor; pero como la economía es mi virtud favorita, y sé que este no es un caso en el que la ley pueda intervenir, no voy a renunciar a la mitad de mis millones. Sin embargo, sería demasiado abiertamente vil, demasiado flagrantemente infame, si al menos no restituyera al hijo de P⁠⸺

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