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I. La familia Yepanchín

—¡Jamás te perdonaré todo esto, Iván Fiódorovich, jamás! Mírala ahora. ¿Por qué no se ríe de él? Dijo que lo haría, y no lo hace. ¡Mira ahí! Lo mira fijamente con los ojos abiertos de par en par y no se mueve; y sin embargo, ella le dijo que no viniera. Él se ve bastante pálido, y ese aborrecible charlatán, Evgueni Pávlovich, monopoliza toda la conversación. Nadie más puede meter baza. Yo pronto me enteraría de todo si tan solo pudiera cambiar de tema.

El príncipe desde luego estaba muy pálido. Se sentía a la mesa y parecía experimentar, por turnos, sensaciones de alarma y éxtasis.

¡Oh, cuánto temía mirar hacia un lado⁠—un rincón en particular⁠—desde donde sabía muy bien que un par de ojos oscuros lo observaban fijamente, y qué feliz se sentía al pensar que estaba una vez más entre ellos, y oyendo de vez en cuando esa voz tan conocida, ¡a pesar de que ella le había escrito prohibiéndole volver!

—¿Qué diablos me dirá, me pregunto? —pensó para sus adentros.

Él no había dicho una palabra todavía; se sentaba en silencio y escuchaba la elocuencia de Evgueni Pávlovich. Este último nunca había parecido tan feliz y emocionado como en aquella noche. El príncipe lo escuchaba, pero durante mucho tiempo no captó ni una sola palabra de lo que decía.

A excepción de Iván Fiódorovich, que aún no había regresado del pueblo, toda la familia estaba presente. El príncipe S⁠⸺ se encontraba allí; y todos tenían la intención de salir a escuchar a la banda muy pronto.

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