—¿Pero acaso alguien podría comerse a sesenta monjes? —objetaron los escépticos oyentes.
«Es del todo evidente que no se los comió todos de golpe, sino en un lapso de quince o veinte años: desde ese punto de vista la cosa es comprensible y natural...»
¿«Natural»?
—Y natural —repitió Lébedev con terquedad pedante.
«Además, un monje católico es por naturaleza excesivamente curioso; por consiguiente, sería muy fácil atraerlo a un bosque o a algún lugar secreto con falsos pretextos, y allí hacer con él lo dicho. Pero no discuto en lo más lo mínimo que el número de personas consumidas parece denotar un toque de codicia».
“Quizás sea verdad, caballeros”, dijo el príncipe con tranquilidad.
Había estado escuchando en silencio hasta ese momento sin tomar parte en la conversación, pero riendo de buena gana con los demás de vez en cuando. Evidentemente estaba encantado de ver que todo el mundo se divertía, que todo el mundo hablaba a la vez y hasta que todo el mundo bebía. Parecía como si no tuviera la intención de hablar en absoluto, cuando de repente intervino con una voz tan seria que todos lo miraron con interés.
—Es verdad que por aquel entonces había frecuentes hambres, señores. A menudo he oído hablar de ellas, aunque no sé mucha historia. Pero me parece que debió de ser así.