mí, él estaba sentado a mi lado en otra silla, que también había despejado de trastos tirándolos por todo el suelo, y me observaba fijamente. “—Me temo que está enfermo —comentó, con el tono que usan los médicos cuando se dirigen a un paciente—. Yo mismo soy médico (no dijo «doctor»), y al pronunciar estas palabras agitó las manos hacia la habitación y su contenido como en señal de protesta por su situación actual—. Veo que usted... “—Tengo tisis —dije lacónicamente, levantándome del asiento. “Él también se puso de pie de un salto. “—Tal vez esté exagerando... si tomara las medidas adecuadas tal vez... “Estaba terriblemente confuso y parecía incapaz de concentrar sus ideas dispersas; la cartera seguía en su mano izquierda. “—Ah, no se preocupe por mí —dije—. El doctor B... me vio la semana pasada (lo volví a meter en escena), y lo mío ya no tiene remedio; discúlpeme... —Así de nuevo el pomo de la puerta. Estaba a punto de abrirla y dejar a mi agradecido pero confuso amigo el médico a solas consigo mismo y con su vergüenza, cuando mi maldita tos se apoderó de mí otra vez. “Mi médico insistió en que volviera a sentarme para recuperar el aliento. Ahora le dijo algo a su mujer quien, sin moverse de su sitio, me dirigió unas palabras de
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VI. Unas palabras sobre mis circunstancias
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