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IV

«He conocido —decía—, a un verdadero intérprete del Apocalipsis, el difunto Grigori Semiónovich Burmistroff, y él... ¡él atravesaba el corazón como un destello de fuego! Empezaba por ponerse los anteojos, luego abría un gran libro negro; su barba blanca y sus dos medallas en el pecho, que recordaban obras de caridad, contribuían a su imponente presencia. Empezaba con voz severa, y ante él los generales, hombres de mundo implacables, inclinaban la cabeza, y las damas caían al suelo desmayadas. Pero este de aquí... ¡acaba anunciando un banquete! ¡Eso no es lo

Ptitsin escuchó y sonrió, luego se volvió como si fuera a buscar su sombrero; pero si había tenido la intención de irse, cambió de opinión.

Antes de que los demás se levantaran de la mesa, Gania había dejado de beber de repente, y apartó su vaso; una sombra oscura pareció nublar su rostro. Cuando todos se levantaron, fue a sentarse junto a Rogojin. Hubiera podido creerse que existían relaciones muy amistosas entre ellos.

Rogojin, que también había parecido a punto de marcharse, estaba ahora sentado sin moverse, con la cabeza inclinada, como si hubiera olvidado su propósito. No había bebido vino y parecía absorto en sus pensamientos. De vez en cuando levantaba los ojos y examinaba a todos los presentes; se habría podido imaginar que esperaba algo muy importante para él y que había decidido aguardarlo.

El príncipe se había tomado dos o tres copas de champaña y parecía alegre. Al levantarse, advirtió la presencia de Evgueni Pávlovitch y, recordando la cita que había concertado con él, le sonrió amablemente.

Evgueni Pávlovitch hizo una seña con la cabeza hacia Hipólito, a quien observaba atentamente. El enfermo estaba profundamente dormido, estirado en el sofá.

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