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VI. Unas palabras sobre mis circunstancias

“—¿Cómo te atreves a entrar así? ¡Fuera! —gritó, temblando de rabia de arriba abajo y apenas capaz de articular las palabras. Sin embargo, de pronto reparó en la cartera que llevaba en la mano. “—Creo que se le ha caído esto —le comenté, con la mayor calma y sequedad posibles. (Me pareció lo mejor para tratarlo). Durante un buen rato se quedó plantado ante mí presa de un auténtico pánico, y parecía incapaz de entender. Luego se abalanzó de repente sobre el bolsillo lateral, abrió la boca asustado y se dio un manotazo en la frente. “—¡Dios mío! —exclamó—. ¿Dónde la ha encontrado? ¿Cómo? —Expliqué con las palabras más breves posibles, y con la mayor sequedad, cómo la había visto y recogido; cómo había corrido tras él y le había llamado, y cómo le había seguido escaleras arriba a tientas hasta su puerta. “—¡Bendito cielo! —gritó—. ¡Todos nuestros papeles están dentro! ¡Querido caballero, no sabe lo que ha hecho por nosotros! ¡Habría estado perdido, perdido! “Mientras tanto, yo había asído el pomo de la puerta con la intención de marcharme sin responder; pero venía jadeando por la carrera escaleras arriba, y mi agotamiento culminó en un violento ataque de tos, tan fuerte que apenas podía mantenerme en pie. “Vi cómo el hombre corría de un lado a otro de la habitación para buscarme una silla vacía, cómo apartaba de un patinazo los harapos que cubrían un asiento, me lo acercaba y me ayudaba a sentarme; pero mi tos continuó durante otros tres minutos más o menos. Cuando volví en

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