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XV

—¡Nastasia Filípovna! —empezó el general, con reproche. Empezaba a dar su propia interpretación al asunto.

—Bueno, ¿y qué, general? ¿No es de muy buena educación, eh?

¡Oh, qué tontería! ¡Aquí me tenéis sentado en mi palco del teatro francés durante los últimos cinco años como una estatua de inaccesible virtud, manteniéndome alejada de todos los admiradores como una tontita idiota! Ahora bien, está este hombre, que viene y planta sus cien mil sobre la mesa, ante todos vosotros, a pesar de mis cinco años de inocencia y orgullosa virtud, y apuesto lo que sea a que tiene su trineo afuera esperando para llevarme. ¡Me valora en cien mil!

¡Veo que todavía estás enojado conmigo, Gania! Vaya, ¿a que nunca deseaste de verdad acogerme en tu familia? ¡A mí, la querida de Rogojin! ¿Qué acaba de decir el príncipe?

—¡Jamás dije que fueras la querida de Rogozhin... ¡No lo eres! —dijo el príncipe con voz temblorosa.

—¡Nastasia Filípovna, alma mía! —gritó la actriz, impaciente—. ¡Tranquilízate, querida! Si te molesta tanto... todo esto, ¡vete a descansar! ¡Desde luego, jamás te irías con este infeliz, a pesar de sus cien mil rublos! Quédate con su dinero y échalo de esa casa a patadas; ¡así es como hay que tratarlo a él y a los de su calaña! ¡Válgame Dios, si fuera asunto mío, bien pronto los pondría a todos de patitas en la calle!

La actriz era una mujer bondadosa y muy impresionable. Estaba muy enfadada ahora.

—¡No te enfades, Daria Alexeyevna! —se rio Nastasia—. No estaba enfadada cuando hablé; no le estaba reprochando nada a Gania. No sé cómo se me pudo ocurrir jamás el capricho de entrar en una familia honrada como la suya. Incluso conocí a su madre y le besé la mano.

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