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VIII

—Luego volvió otra vez con Rogozhin, que la ama como un loco. Entonces tú —como el hombre prudente que eres— volviste aquí tras ella en cuanto te enteraste de que había regresado a Petersburgo. Ayer por la tarde te lanzaste hacia adelante para protegerla, y hace un momento has tenido un sueño con ella. Ya ves que lo sé todo. Volviste aquí por ella, por ella, ¿a que sí?

—Sí⁠—¡por ella! —dijo el príncipe con suavidad y tristeza, e inclinando la cabeza, totalmente ajeno al hecho de que Aglaya lo estaba mirando con unos ojos que ardían como ascuas—. Vine a averiguar algo⁠—; no creo en su futura felicidad como esposa de Rogožin, aunque⁠—en una palabra, no sabía cómo ayudarla ni qué hacer por ella⁠—, pero vine, por si acaso.

Miró de reojo a Aglaya, que escuchaba con una expresión de odio en el rostro.

—Si viniste sin saber por qué, ¡supongo que la quieres muchísimo de verdad! —dijo al fin.

—No —dijo el príncipe—, no, no la amo. ¡Oh! ¡Si tan solo supieras con qué horror recuerdo el tiempo que pasé con ella!

Un estremecimiento pareció recorrerle todo el cuerpo al recordarlo.

—Cuéntamelo a mí —dijo Aglaya.

“There is nothing which you might not hear. Why I should wish to tell you, and only you, this experience of mine, I really cannot say; perhaps it really is because I love you very much.

This unhappy woman is persuaded that she is the most hopeless, fallen creature in the world. Oh, do not condemn her! Do not cast stones at her! She has suffered too much already in the consciousness of her own undeserved shame.

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