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escandaloso, aunque sin duda la lectura de novelas les haya enseñado todo lo que hay que saber. Puedo estar equivocado; apenas sé lo que digo; pero seguramente nadie más que usted se habría quedado para complacer a un mequetrefe (sí, un mequetrefe; lo admito) para pasar la noche y tomar parte en todo..., solo para avergonzarse de ello mañana. (Sé que me exprese mal). Lo admiro y lo aprecio todo muchísimo, aunque la expresión en el rostro de su excelencia, su marido, demuestra que le parece de lo más indecoroso. ¡Je, je!”. Rompió a reír y le dio un ataque de tos que duró dos minutos y le impidió hablar.

—¡Ahora se ha quedado sin aliento! —dijo Lizaveta Prokófievna con frialdad, mirándolo con más curiosidad que piedad—: Venga, querido muchacho, ya es suficiente; pongamos fin a esto.

Iván Fiódorovich, ya totalmente impaciente, interrumpió de repente. > —Permítame hacer una observación a mi vez, caballero —dijo en tono de profunda contrariedad—, de que mi esposa se encuentra aquí como invitada del príncipe Lev Nikoláievich, nuestro amigo y vecino, y que en cualquier caso, joven, no le corresponde a usted juzgar la conducta de Lizaveta Prokófievna, ni hacer comentarios en voz alta en mi presencia acerca de qué sentimientos cree usted que pueden leerse en mi rostro. Sí, mi esposa se quedó aquí —continuó el general, con creciente irritación—, más por asombro que por otra cosa. Cualquiera puede comprender que una reunión de jóvenes tan extraños atraiga la atención de una persona interesada en la vida contemporánea. Yo mismo me quedé, tal como a veces

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