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I

aunque últimamente se habían visto muy poco. Incluso ahora, Varvara casi nunca aparecía en el salón, sino que se escurría por una entrada trasera. Lizaveta Prokófievna, a quien le desagradaba Varvara, aunque respetaba mucho a su madre, estaba muy molesta por esta repentina intimidad y la achacaba a la «contrariedad» general de sus hijas, que «siempre estaban al acecho de alguna nueva forma de llevarle la contraria». Sin embargo, Varvara continuó con sus visitas.

Un mes después de la marcha de Myshkin, la señora Yepanchín recibió una carta de su vieja amiga la princesa Bielokonski (que hacía poco había marchado a Moscú), carta que la puso de excelente humor. No reveló su contenido ni a sus hijas ni al general, pero su conducta hacia las primeras se volvió sumamente cariñosa. Incluso les hizo una especie de confesión, pero ellas fueron incapaces de entender de qué se trataba. En verdad se ablandó un poco con el general —hacía tiempo caído en desgracia— y, aunque se apañó para pelearse con todos al día siguiente, pronto volvió a la carga, y por su comportamiento general se deducía que había recibido algún tipo de buena noticia que le gustaría revelar, pero no se decidía a hacerlo.

Sin embargo, una semana después recibió otra carta de la misma procedencia y al fin se resolvió a hablar.

Anunció solemnemente que había tenido noticias de la anciana princesa Bielokonski, quien le había dado las más reconfortantes noticias sobre «aquel estrafalario joven príncipe».

Su amiga lo había buscado y había descubierto que todo le iba bien. Desde entonces, él la había visitado en persona, causando una impresión sumamente favorable, pues la princesa lo había recibido todos los días desde entonces y lo había introducido en varias buenas casas.

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