¡ay!; sin resultado; el poder ha ido disminuyendo cada día más, y esta noche me falla por completo. Bien, hágase la voluntad de Dios, ¡sea cual fuere y adondequiera que conduzca! Ahora a lo histórico, pues como la señora Mina no escribe en su taquigrafía, debo hacerlo yo a mi antigua y engorrosa usanza, para que ninguno de nuestros días se quede sin registrar. Llegamos al desfiladero de Borgo justo después del amanecer de ayer por la mañana. Cuando vi los signos del alba me preparé para la hipnosis. Detuvimos nuestro carruaje y bajamos para que no hubiera ninguna molestia. Hice un lecho con pieles, y la señora Mina, al tumbarse, se entregó como de costumbre, pero de forma más lenta y durante menos tiempo que nunca, al sueño hipnótico. Como antes, vino la respuesta: «oscuridad y remolino de agua». Luego despertó, brillante y radiante, y seguimos nuestro camino para llegar pronto al desfiladero. En este momento y lugar, ella se encendió de celo; algún nuevo poder guía se manifestaba en ella, pues señaló un camino y dijo:— «Este es el camino». «¿Cómo lo sabes?», pregunto. «Por supuesto que lo sé», responde ella, y tras una pausa añade: «¿Acaso no lo recorrió mi Jonathan y escribió sobre su viaje?». Al principio me parece un tanto extraño, pero pronto veo que solo existe un camino vecinal así. Se usa muy poco, y es muy diferente de la carretera de carruajes de la Bucovina a Bistritz, que es más ancha y dura, y más transitada. Así bajamos por este camino; cuando encontrábamos otros caminos —no siempre estábamos seguros de que fueran caminos en absoluto, pues están descuidado y ha caído nieve ligera— los caballos lo saben y solo ellos. Les suelto las riendas y avanzan muy pacientes. Al poco rato encontramos todas las cosas que Jonathan había anotado en ese maravilloso diario suyo. Luego seguimos durante largas, largas horas y horas. Al principio, le digo a la señora Mina que duerma; ella lo intenta y lo logra. Duerme todo el tiempo; hasta que al final, me siento demasiado receloso e intento despertarla. Pero ella sigue durmiendo, y no puedo despertarla a pesar de que lo intento. No deseo esforzarme demasiado por temor a dañarla; pues sé que ha sufrido mucho, y que a veces el sueño lo es todo para ella. Creo que yo mismo me amodorro,
Table of Contents
XXVII. Diario de Mina Harker
538