el ardor de la batalla debió de apoderarse de mí al igual que del resto de ellos; no sentí miedo, sino tan solo un deseo salvaje e incontenible de hacer algo. Al ver el rápido movimiento de los nuestros, el líder de los gitanos dio una orden; sus hombres se agruparon al instante alrededor del carro en un esfuerzo indisciplinado, empujándose y arrejuntándose unos a otros en su afán por cumplir la orden. En medio de esto pude ver que Jonathan, a un lado del círculo de hombres, y Quincey, al otro, se estaban abriendo paso hacia el carro; era evidente que estaban empeñados en terminar su tarea antes de que el sol se pusiera. Nada parecía detenerlos ni siquiera obstaculizarlos. Ni las armas enarboladas ni los cuchillos relucientes de los gitanos al frente, ni el aullido de los lobos a la espalda, parecían atraer siquiera su atención. La impetuosidad de Jonathan, y la evidente exclusividad de su propósito, parecieron intimidar a los que tenía delante; instintivamente se encogieron, se hicieron a un lado y le dejaron pasar. En un instante había saltado al carro y, con una fuerza que parecía increíble, levantó la gran caja y la arrojó por encima de la rueda al suelo. Mientras tanto, el Sr. Morris había tenido que usar la fuerza para abrirse paso a través de su lado del círculo de szgany. Todo el tiempo que había estado observando sin aliento a Jonathan, había visto con el rabillo del ojo cómo este avanzaba desesperadamente, y había visto relumbrar los cuchillos de los gitanos mientras se abría paso y estos le tiraban tajos. Él había parado con su gran cuchillo de monte y, al principio, pensé que también había salido il pero, al saltar junto a Jonathan, que para entonces ya había bajado del carro, pude ver que con la mano izquierda se aferraba el costado y que la sangre brotaba a chorros entre sus dedos. No
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XXVII. Diario de Mina Harker
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