se detuvo a pesar de ello, pues mientras Jonathan, con energía desesperada, atacaba un extremo del cofre, intentando arrancar la tapa con su gran cuchillo kukri, él atacaba el otro frenéticamente con su cuchillo de monte. Bajo los esfuerzos de ambos hombres la tapa comenzó a ceder; los clavos salieron con un chirrido rápido y la parte superior de la caja fue arrojada hacia atrás. Para entonces los gitanos, al verse encañonados por los Winchester y a merced de lord Godalming y el Dr. Seward, se habían rendido y no ofrecieron resistencia. El sol estaba casi oculto en las cumbres de los montes, y las sombras de todo el grupo se proyectaban alargadas sobre la nieve. Vi al Conde yaciendo dentro de la caja sobre la tierra, parte de la cual le había caído encima por el brusco vuelco del carro. Estaba pálido como la muerte, exactamente igual que una imagen de cera, y los ojos rojos miraban fijamente con la horrible y vengativa expresión que yo conocía demasiado bien. Mientras miraba, los ojos vieron el sol poniente, y la mirada de odio que había en ellos se tornó en triunfo. Pero, en el mismo instante, se oyó el tajo y el destello del gran cuchillo de Jonathan. Grité al ver cómo cortaba la garganta; mientras que al mismo momento el cuchillo de monte del Sr. Morris se hundía en el corazón. Fue como un milagro; pero ante nuestros propios ojos, y casi en el espacio de un suspiro, todo el cuerpo se desmoronó en polvo y desapareció de nuestra vista. Me alegraré mientras viva de que, incluso en aquel momento de disolución final, hubiera en su rostro una expresión de paz, tal como jamás habría podido imaginar que pudiera posarse allí. El castillo de Drácula se recortaba ahora contra el cielo rojo, y cada piedra de sus roturas almenas se perfilaba nítida contra la luz del sol poniente. Los gitanos, tomándonos de
Table of Contents
XXVII. Diario de Mina Harker
555